En la ciudad vemos a diario vidrios rotos por un golpe, dobles acristalamientos empañados en viviendas de los años noventa y junquillos sueltos en carpinterías de aluminio antiguas. Con la humedad del Lérez y de la ría, las juntas envejecen y dejan pasar agua cuando la lluvia viene con viento. Un vidrio roto no se arregla: se sustituye por uno fabricado a medida. Si la cámara está empañada, cambiamos la unidad; si el problema es el sellado perimetral o el junquillo, lo resolvemos sin cambiar el cristal.
Conviene decirlo claro desde el principio: un cristal agrietado o roto no tiene reparación duradera. Las resinas y los adhesivos pueden disimular una grieta pequeña, pero el vidrio queda debilitado y la grieta tiende a avanzar con los cambios de temperatura. Lo correcto es sustituir esa pieza por una nueva fabricada a medida, y eso es lo que hacemos, conservando la ventana.
Lo mismo pasa con el doble acristalamiento empañado por dentro. Si ves humedad o manchas blanquecinas entre las dos lunas, el sellado perimetral de la cámara ha fallado y el tamiz molecular del perfil separador está saturado. No se puede limpiar ni secar desde fuera: hay que cambiar la unidad de vidrio. La buena noticia es que el marco se aprovecha.